El dolor crónico es uno de los temas que más me ha hecho reflexionar desde que empecé a formarme en Técnica Alexander. La neurociencia actual nos dice que no es simplemente una señal directa de daño físico. Es una experiencia que crea el cerebro, basándose en su evaluación de si hay una amenaza real o no.
Esto puede sonar contraintuitivo. Si me duele, es porque algo está mal, ¿no? No siempre. El cuerpo envía información constantemente al cerebro, pero es el cerebro quien decide si esa información merece producir dolor. A veces ese sistema de alarma se vuelve hipersensible y sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro real – como la alarma de una casa que salta por una corriente de aire o porque ha pasado la mascota, sin que haya ningún intruso de verdad.
De «crónico» a «persistente»: un cambio de palabra con mucho peso
Hay un matiz de lenguaje que me parece importante compartir. Solemos hablar de dolor «crónico», una palabra que suena a sentencia permanente, a algo que no tiene solución. Pero la neurociencia actual prefiere hablar de dolor «persistente» – un patrón que se ha repetido y consolidado, sí, pero que sigue siendo un patrón, no una condición fija e inmodificable.
No es solo cuestión de semántica. El cerebro tiene la capacidad de cambiar sus conexiones a lo largo de toda la vida (lo que se llama neuroplasticidad). Si el dolor es un patrón aprendido por un sistema hipervigilante, también puede ser un patrón que se desaprenda. Eso no significa que sea fácil ni inmediato, pero sí que el «para siempre» no está garantizado.
Foto de Google DeepMind en Pexels: Lo que tu cerebro cree sobre el dolor (y por qué a veces se equivoca)Empecé a profundizar en estas ideas durante un curso de 8 semanas sobre neurociencia del dolor para profesores de Técnica Alexander, que hice entre febrero y marzo de 2024. Fue casi al terminar el curso cuando descubrí el trabajo de divulgación del Dr. Arturo Goicoechea, neurólogo español que en 2023 publicó El dolor crónico no es para siempre, donde desarrolla estas ideas para el público general.
Goicoechea es pionero en España en el estudio de los llamados «síntomas sin explicación médica» y la neurobiología del dolor. Dirigió la Sección de Neurología del Hospital Santiago de Vitoria hasta su jubilación en 2011, y desde entonces se dedica a la divulgación. Según las cifras que él mismo cita, el dolor crónico afecta aproximadamente al 30% de la población mundial – así que estas ideas tienen relevancia para muchísima gente.
¿Por qué me importa esto como profesora de Técnica Alexander?
Porque encaja perfectamente con lo que hacemos en cada clase. Cuando trabajamos esa pausa antes de reaccionar automáticamente, no solo estamos cambiando posturas. Estamos ofreciendo al cerebro información nueva: que moverse no es peligroso, que no hace falta protegerse tanto, que el peligro que percibía ya no está.
El dolor persistente, visto así, no es una sentencia de por vida. Es un patrón aprendido, y lo que se aprende se puede desaprender – exactamente el principio sobre el que se basa todo nuestro trabajo.

Lo que más me ha sorprendido:
Que el simple hecho de entenderlo ya tiene un efecto terapéutico. Cuando una persona comprende que su dolor no significa necesariamente que algo se está rompiendo, el miedo al movimiento empieza a disminuir. Y ese miedo es, muchas veces, lo que mantiene el ciclo de tensión y dolor.
Si te interesa profundizar en esto desde un punto de vista más científico y accesible, recomiendo el libro del Dr. Goicoechea. Está escrito para el público general, en español, y puede ayudarte a entender por qué tu cuerpo hace lo que hace – y por qué el cambio es posible.
Una pausa, no un parón
Este verano estoy pausando las clases individuales mientras busco un local en Málaga (ciudad y provincia), pero estoy aprovechando el tiempo para seguir formándome con profesores de referencia de la Técnica Alexander. Seguiré compartiendo lo que aprenda por aquí.
